Mis motivaciones para escribir

Ya hemos hablado de los referentes a la hora de escribir y ahora llega el turno de hablar de las motivaciones que podamos encontrar para ello. Porque una cosa es tener una idea, normalmente poco o nada desarrollada, otra es el tono que le quieras dar a la historia que va a nacer de esa idea y luego están tus ganas para escribirla. Las motivaciones son un punto muy importante a la hora de escribir, y como ocurre con los demás aspectos de la escritura, no siempre van a ser las mismas.

“No hay ideas malas per se, sólo ideas mal desarrolladas o mal llevadas a cabo”

Escribir es algo que lleva su tiempo y que tiene que gustarte, de eso no hay duda. Yo por ejemplo escribo porque la escritura me parece una magnífica manera de desconectar, una afición como otra cualquiera que en mi caso no se diferencia demasiado de la propia lectura, como ya expliqué en La escritura como forma de evasión. Pero eso no quiere decir que cuando me ponga a escribir no lo haga en serio, documentándome a fondo para cualquier aspecto relacionado con la naturaleza o el tono de la historia que esté escribiendo. Esta parte de la escritura normalmente hace todavía más arduo el trabajo de escribir, pero personalmente me parece fundamental siempre para que el resultado final sea el mejor posible. En cualquier caso, escribas por afición o porque te dedicas a ello, lo cierto es que para empezar a escribir lo primero es evidentemente encontrar una idea a partir de la que poder trabajar, una idea que no siempre va a salir del mismo sitio. Pero encontrar la idea es sólo el primer punto, ya que después necesitarás desarrollarla y encontrar el tono adecuado para ella, lo que hace que muchas veces esa idea inicial acabe dando lugar a una historia muy diferente a la que en un principio iba a ser. Pero como digo, lo primero es encontrar la idea, que ya aviso que puede salir de cualquier sitio. Por ejemplo, en mi caso la saga de La decadencia de un mundo nació de una partida de rol, o del personaje que cree para ella más bien (ver El origen de una saga), mientras que IPES salió de mi afán por contar de una manera veraz y sin idealizar el cómo fue en realidad el secuestro que se llevó a cabo en Aldeadávila de la Ribera hace 30 años, aunque esa parte acabó siendo solo el trasfondo de la historia. Esos son solo dos ejemplos, pero evidentemente tengo uno diferente para cada una de las historias que he escrito o escribiré, desde sueños hasta momentos de inspiración creativa cuando no estaba haciendo otra cosa. Así son las musas, que nunca sabes de dónde va a venir una idea, tampoco lo mucho que puede cambiar una vez empiezas a desarrollarla.

“Para empezar a escribir lo primero es evidentemente encontrar una idea a partir de la que poder trabajar, una idea que no siempre va a salir del mismo sitio”

Una vez que tenemos la idea es el turno de desarrollarla, y eso nos lleva a un aspecto de la escritura en la que no solemos pensar, y es en cuáles son nuestras motivaciones para escribir, en qué nos lleva a seguir escribiendo y nos impide dejar la obra inacabada. En mi caso mi motivación no es financiera porque sencillamente no busco vivir de la escritura, así que para terminar mis narraciones tengo como principal empuje una serie de rasgos que son los que me animan a seguir. Mi manía por no dejar nada a medias es sin duda una de las principales, al igual que lo es también mi afán por conocer el destino de los personajes que he creado o mi creencia de que cualquier cosa, por muy estúpida que pueda parecer en un principio, con el tiempo puede acabar llevándote a algo original y rompedor. Me gusta pensar que no hay ideas malas per se, sólo ideas mal desarrolladas o mal llevadas a cabo. Pero si hay una motivación que destaca por encima de todas esa es sin duda mi afán por desmitificar y desidealizar alguna cuestión. Y es que, si analizo todo lo que he escrito hasta ahora, resulta que uno de los motores principales de mi obra literaria es la de desmontar una idea errónea que está anclada en la sociedad y que creo que debe ser desmitificada. Es decir, cuando escribo una historia siempre ha habido detrás una necesidad de demostrar alguna idea o algún suceso tal cuál como es o fue, no cómo la sociedad lo considera.

“Uno de los motores principales de mi obra literaria es la de desmontar una idea errónea que está anclada en la sociedad y que creo que debe ser desmitificada”

Todas las obras que he terminado comparten como objetivo el combatir una imagen errónea de alguna cuestión relacionada. En La decadencia de un mundo: el comienzo del fin fue la imagen que por lo general nos traslada el cine y la literatura de lo que fue la Edad Media, un periodo de la historia que personalmente creo que es un error mitificar (ver La mitificación de la Edad Media en la literatura). De hecho fue ese afán por recordar cómo fue en realidad el Medievo europeo lo que me ayudó a encontrar el tono que me pedía la novela, con esa ambientación dura y realista que ya se ha convertido en todo un sello de la saga. En cuanto a La justicia de Némesis fue la idea romántica del trabajo policial, siempre idealizado por las series procedimentales y por las películas policiacas clásicas. En este caso para la novela me vi obligado a hablar con personas relacionadas con este mundo (policías, estudiantes de criminología, periodistas…), y solo fue gracias a ellos que pude dejar de lado esas ideas erróneas que tenemos de lo que supone ser un inspector de policía en la realidad. Incluso en IPES nos encontramos con esa intención de demostrar cómo fue en realidad un suceso que para la población del municipio en cuestión se ha convertido en un mito mal entendido. Las tres novelas que tengo terminadas han compartido ese objetivo de demostrar algo tal cuál es y no como nos lo suelen mostrar o solemos entender. Porque esa es mi principal motivación a la hora de escribir, la de ayudar a entender la realidad como es y no como nos gustaría que fuese.

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